Qué hay detrás del plan que lanzó Joe Biden para reactivar la economía y enfrentar el ascenso de China

Qué hay detrás del plan que lanzó Joe Biden para reactivar la economía y enfrentar el ascenso de China

El gobierno de Joe Biden busca dar un giro en la política exterior de EEUU respecto a la última administración de Donald Trump (EFE/EPA/MICHAEL REYNOLDS)

 

 

 





El presidente Joe Biden tiene un plan para salir de la crisis de la pandemia y enfrentar la creciente competencia de China. Es un programa de dos partes, de aproximadamente cuatro billones de dólares, para reconstruir la economía.

POR: GUSTAVO SIERRA // INFOBAE

El primer tramo, el Plan de Empleo Americano, comprende un paquete de estímulos de 1,9 billones de dólares que ya fue aprobado por el Congreso. El segundo, lo presentó Biden el miércoles en un discurso pronunciado en un centro de formación del Sindicato de Carpinteros en las afueras de Pittsburgh, la apuesta de modernización más importante desde el New Deal de Roosevelt y la reconstrucción de infraestructura más grande desde que Eisenhower levantó la red de autopistas que conectaron a todo el país en los años 50.

Son 32.000 kilómetros de rutas y autopistas, la reparación de unos 10.000 puentes y la construcción de quinientas mil estaciones de recarga de coches eléctricos. Todo esto se hará en los próximos ocho años y creará millones de puestos de trabajo. “No es un plan que se ande con chiquitas”, dijo Biden en su discurso. “¿Es grande? Sí. ¿Es audaz? Sí. Y ¿podemos conseguirlo? Sí”. Bueno, todo va a depender de la oposición republicana en el Congreso que le hará la vida imposible antes de largar semejante cantidad de dinero. En Washington dicen que será uno de los proyectos más disputados de la Historia.

Aunque nadie puede decir que no es necesario. Según la asociación de ingenieros civiles, el 43% de las autopistas están en malas condiciones, mientras el 42% de los 617.000 puentes tienen al menos 50 años. Un 7,5% de ellos son estructuralmente deficientes. La inversión pública cayó un 40% desde los años Sesenta y el país más rico del mundo figura en el puesto 13º cuando se valora la calidad de sus infraestructuras. “Invertiremos en el país de una forma no vista desde que construimos las autopistas interestatales y ganamos la carrera espacial”, subrayó la Casa Blanca. En su discurso Biden lo calificó como “el mayor plan de inversiones desde la Segunda Guerra Mundial, que creará millones de empleos bien remunerados; el plan de una generación”.

Además de la red vial, contempla modernizar la red eléctrica, el suministro de agua y el acceso a la banda ancha de Internet con la nueva tecnología 5G. También se van a reconstruir dos millones de casas y edificios, escuelas y guarderías. Y todo con un amplio trabajo de innovación en el diseño y la tecnología. Tal vez, la iniciativa más ambiciosa es la que terminaría con los autos a combustible y la histórica dependencia de Estados Unidos al petróleo. La “revolución del coche eléctrico” prevé sustituir al menos un 20% de los autobuses de transporte escolar. Algo esencial para acompañar la renovación total del parque automotor por coches que no producen gases de efecto invernadero.

Biden asegura que va a financiar todo esto con un aumento de impuestos a las grandes corporaciones que pasarán del 21% actual al 28%. Obviamente, esto tendrá una gran oposición que pondrá a prueba su capacidad de negociación. “Aumentar impuestos” son muy malas palabras para los republicanos y demócratas centristas. Tendrá que dirimir la contienda que se viene entre el ala izquierda de su partido que propone un New Deal Verde, con la revitalización económica cuidando el medio ambiente, y los conservadores y trumpistas que se opondrán a que ni un dólar pase de la actividad privada al Estado.

De todos modos, cuatro billones de dólares es una cantidad increíble de dinero, aproximadamente una quinta parte del PIB estadounidense. Es el tipo de gasto que conlleva posibilidades de transformación. Pero se necesita crear un consenso nacional para direccionarlo de la manera que pretende la Casa Blanca. Desde que pronunció un discurso de campaña, el pasado octubre, cerca del famoso complejo de Franklin Delano Roosevelt en Warm Springs, Georgia, “Biden hizo de la urgencia y la calidez tardías de F.D.R. su piedra de toque personal, del mismo modo que Obama se inclinó en su día por la singular profundidad moral y la remoción emocional de Lincoln”. El punto de referencia político del plan de Biden es el New Deal. “Pero el New Deal funcionaba en un universo económico diferente: el desempleo rondaba el veinticinco por ciento y las horas de trabajo se habían reducido tanto que aproximadamente la mitad del capital humano del país no se utilizaba. El programa de obras públicas representaba dos tercios del presupuesto del New Deal; estaba diseñado para suplir el gasto que la economía de mercado no podía hacer, y para poner en uso ese capital humano”, escribió Benjamin Wallace-Wells en The New Yorker. Ahora, el desempleo ronda el 6% y la recuperación está muy avanzada; los economistas de Goldman Sachs anunciaron un vertiginoso pronóstico del tipo de crecimiento que no se había visto desde principios de los ochenta. El escenario es muy diferente.

Y aún no se presentaron las medidas concretas para el capítulo que va a reconstruir la “infraestructura humana”. En la sala de prensa de la Casa Blanca dicen que el paquete incluirá la financiación de la educación preescolar universal, la universidad comunitaria gratuita y una licencia familiar más amplia. Es la parte más novedosa de la propuesta. Algo de todo esto ya estaba en el “liberalismo del siglo XXI” que presentó Hillary Clinton en su campaña presidencial antes de perder frente a Donald Trump. Un plan que entonces fue definido como “la creencia de que la forma de arreglar lo que aflige a Estados Unidos es liberar su talento, haciendo que las oportunidades sean más accesibles y equitativas”.

“Si miramos por encima de nuestro hombro, algo que los estadounidenses no hacemos a menudo, veríamos lo que otros países con una educación avanzada hicieron durante mucho tiempo: tienen programas que proclaman que `somos un país´, que ‘somos una comunidad`, que `nuestros hijos son los hijos de los demás´”, comentó la economista de Harvard Claudia Goldin en la misma nota del New Yorker. “Y en Estados Unidos, honestamente, para ser un país que fue pionero en la educación masiva y gratuita, nos olvidamos de ese concepto desde hace mucho tiempo. Nos hemos dividido en cuanto a quién determina lo que ocurre con los niños, y tus hijos son tus hijos, y mis hijos son mis hijos”. La ventaja educativa estadounidense sobre otros países se erosionó en la última parte del siglo XX y, no sólo fue superada por los países escandinavos –tradicionalmente más avanzados- sino por China, la potencia con la que Estados Unidos disputa el liderazgo de la revolución científico-tecnológica de la segunda mitad del siglo XXI.

China superará a Estados Unidos como la mayor economía del mundo en 2028, cinco años antes de lo previsto anteriormente, según el Centro de Investigación Económica y de Negocios (CEBR). Esto, gracias a su hábil manejo de la pandemia. China fue la única gran economía mundial que evitó la recesión en 2020, y superó a EE. UU. como principal destino de la inversión extranjera directa el año pasado. La dependencia estratégica de Washington respecto a Beijing quedó de manifiesto durante la pandemia, como ocurrió en la interrupción de la cadena de montaje en plantas automovilísticas por la escasez de componentes esenciales, todos de manufacturas chinas. A estas carencias y debilidades pretende dar respuesta el extraordinario plan lanzado por Biden. Es para beneficio de los estadounidenses pero tiene el ojo puesto en los chinos. Ese es un buen argumento para ganarle algunas batallas a los republicanos y conseguir la financiación que necesita.