Los últimos meses de Bob Marley: Su colapso en Central Park y cuando ya sabía que moría

Los últimos meses de Bob Marley: Su colapso en Central Park y cuando ya sabía que moría

 

En 1980 el jogging era un furor mundial. Todo el mundo salía a trotar. Y si alguien estaba en Nueva York la salida a correr por el Central Park era obligada. No se lo llamaba entrenar todavía, se le decía footing. Era el primer día de la primavera. Un domingo a la mañana.





Por Infobae

La noche anterior Bob Marley había dado un concierto majestuoso en el Madison Square Garden. Después del trote, jugarían un rato al fútbol como siempre hacía Bob cada vez que podía. Pero de pronto, Marley colapsó. Cayó de espaldas, tuvo algunas convulsiones y luego quedó inmóvil, sin respuesta.

Sus amigos y asistentes lo levantaron como pudieron y lo llevaron al hotel. Lo acostaron y descansó unas horas. Cuando se despertó hablaba con lentitud, como si le costara conectar, como si cada frase significara un esfuerzo supremo. Alguien le alcanzó la recaudación de la noche anterior. En una cama matrimonial del Essex Hotel de Manhattan descansaba Bob Marley de un lado, y los fajos de dólares de la otra.

Al día siguiente, fueron al médico. Al Hospital Mount Sinai. Luego de varios estudios y una revisación exhaustiva, los doctores lo desahuciaron. El cáncer se había extendido al cerebro, los pulmones y el hígado. Al enterarse de la noticia, Marley le preguntó al doctor cuánto tiempo le quedaba de vida. “Poco” respondió. Luego la explicación obvia sobre que no se puede precisar una fecha, que varía según cada paciente, que a veces cualquier evento puede apurar o enlentecer el proceso. Después de este prolegómeno, el doctor dijo lo que le costaba decir, pero que tenía la obligación hipocrática de comunicar: “De tres a seis meses de vida. No mucho más”.

Howard Bloom, último agente de prensa de Marley, contó en sus memorias Einstein, Michael Jackson & Me, que apenas Bob tuvo el colapso en Nueva York, los médicos no alimentaron esperanzas. Uno de ellos dijo que “nunca había visto tanto cáncer en una sola persona”.

Esos conciertos del Madison habían sido planteados de una manera extraña pero resultaron un suceso colosal. Marley y los Wailers se presentaban como teloneros de The Commodores, el grupo de Lionel Richie. Las entradas se agotaron de inmediato. El público era diferente al que habitualmente iba a ver a los creadores de “Easy”, porque muchos habían comprado tickets para escuchar a los jamaiquinos. Marley encendió a la audiencia. En algún momento, el productor les pidió que pararan el show para que ingresara el número estelar, pero como faltaba tocar todavía “One Love”, el hit de Marley que estaba sonando en las radios, el público exigió que volvieran a escena. Eso sucedió varias veces. Muchos testigos afirman que The Commodores, el número central, tocó con medio estadio vacío. Mucha gente ya se había retirado porque la banda que habían ido a ver, ya había tocado.

La gira continuó. Al día siguiente, el 23 de septiembre de 1980, Bob Marley y su grupo debían presentarse en Pittsburgh. Rita Marley, el manager y uno o dos hombres de confianza del séquito discutían los pasos a seguir. No parecía que existieran demasiadas posibilidades. Bob apareció a la hora dispuesta en el lobby del hotel para ir hacia el estadio. Durante la prueba de sonido, cantó “Another One Bites The Dust” de Queen. Algunos de los músicos lo vieron algo distante y distraído.

Foto eldiaonline.com

 

En camarines pidió un porro y, a contrario de lo que solía ser frecuente, lo fumó a escondidas. Ya sobre el escenario, el show se desarrolló con normalidad. El público no notó nada fuera de lo habitual. Los músicos y asistentes percibieron que Bob había mostrado menos energía que de costumbre, pero pensaron que se trataba del cansancio normal de las giras.

En los camarines hubo una reunión con todo el equipo. Alguien dio la noticia sin demasiados prolegómenos. La gira se suspendía indefinidamente. La salud de Bob Marley era demasiado frágil y las esperanzas muy pocas.

A la mañana siguiente, Marley ingresó en el Hospital Sloan Kettering de Nueva York. Se completaron los análisis y estudios y recibió la primera sesión de quimioterapia. A él se lo veía muy apagado, callado. Mientras que en su entorno las peleas recrudecían. Cada uno tenía una idea diferente de cómo debía continuar el tratamiento. Pasaron un tiempo en Miami y hubo un intento por llevarlo a una clínica de México con métodos poco convencionales (y dudosamente efectivos) en la que había muerto Steve McQueen, unos meses antes.

Mientras tanto, también estaban los que le decían que no tenía que temer nada, que a un rastafari el cáncer no lo podía vencer. Algo de esa idea fue lo que hizo que el cáncer no fuera tratado apenas surgió y que sus metástasis fueran descubiertas de modo tan tardío.

Se sabe que a Marley le gustaba mucho el fútbol, que cada vez que podía jugaba en donde estuviera un partido con sus amigos. En 1977 durante una gira europea, hicieron un picado en París contra periodistas locales. En una jugada, uno de los rivales en la disputa de una pelota, pisó al cantante en el dedo gordo del pie. Tuvo que abandonar el partido.

Ese dedo le venía molestando desde hacía rato. Alguien le dijo que esa enorme mancha negra debajo de la uña la ocasionaban hongos, otros que era un edema por un antiguo golpe. Pero luego de ese pisotón que lo sacó del partido y de su dificultad para desplazarse fue al médico. El diagnóstico no fue el esperado: melanoma. La lesión futbolera había hecho que se revelara que padecía cáncer. Era de grado 3: ya había lesión y había traspasado a los tejidos. Los médicos, luego de varias consultas, sugirieron amputar el dedo gordo. Suponían, sin poder aseverarlo, que de esa manera impedirían que el cáncer se propagara por todo el cuerpo. Le aclararon que el melanoma y en especial en personas jóvenes se esparcía a una velocidad temible por el cuerpo. Pero la amputación no sucedió.

Marley sabía que el dedo gordo es fundamental para el equilibrio. Sus desplazamientos escénicos se verían afectados, también el fútbol. Además a su alrededor, varios le insistían en que una lastimadura en el pie no podía acabar con él. Que el cáncer era una cuestión mental y espiritual con la cual un buen rastafari no necesitaba lidiar: la batalla estaba ganada de antemano.

 

Este equívoco del entorno -de raíz cultural- se trasladó en el tiempo y se convirtió en mito. Todavía muchos sostienen que la lesión en ese partido parisino le terminó ocasionando la muerte. Esa contingencia futbolística solo hizo que se le prestara atención a una condición bastante anterior que había sido desatendida y que, por desgracia, lo siguió siendo.

Esos fueron los años de la explosión global de Bob Marley. Los grandes conciertos, los discos, los éxitos en los distintos mercados. El reggae a través de sus canciones era conocido en todo el mundo. También las problemáticas de Jamaica, con sus letras con contenido social.

Con las primeras sesiones de quimioterapia, Marley perdió el pelo. Ya nada quedaba de sus célebres rastas, ni de su fortaleza física. Era un hombre arrasado y débil, un hombre que se apagaba en la cima de su éxito.

Su contrato con Island estaba por vencer. Se dice que dos importantes discográficas peleaban por él. La oferta era impresionante, muy superior a cualquiera de la época. 50 millones de dólares por cinco discos. Los negocios que se movían alrededor suyo y las posibilidades que se escapaban debido a su enfermedad hicieron que recrudecieran las luchas sordas en su entorno.

Rita Marley, su esposa y madre de 4 de sus 11 hijos, tomó el mando. Otros intentaron que Bob hiciera su testamento pero este, aconsejado por su guía espiritual, se negó. Era de mal agüero hacerlo, una manera tonta de tentar al destino.

Como el tratamiento de quimioterapia no mostraba demasiados avances, el pensamiento mágico y las terapias alternativas (utilizadas para frenar el melanoma en los últimos tres años) volvieron a ganar espacio. Alguien insistió con la clínica mexicana de Steve McQueen. Pero el argumento de que no pudo hacer nada por el actor de Bullit fue determinante para que Marley, que estaba bien enterado de lo sucedido con McQueen porque el actor era su ídolo artístico, se negara a internarse allí.

Finalmente, viajó hacia Alemania. A Rottach-Egern, un pequeño pueblo alpino, cercano a la frontera con Suiza. Esa era su última esperanza. Una clínica especializada en enfermos que la medicina tradicional había dado por perdidos. El tratamiento era muy costoso, de dudosos fundamentos científicos y a cargo de un médico muy polémico.

El Dr. Jossef Issels tenía 74 años y un pasado oscuro. Había sido nazi y médico de las SS (aunque él afirmaba que renunció al partido antes de la Segunda Guerra por no aceptar la prohibición de atender pacientes judíos: aseveración que no fue probada por ningún investigador). Sostenía que su método curaba tipos de cáncer que la medicina tradicional declaraba incurables. Lo hacía a través de mecanismos y costumbres que fortalecían, siempre según sus dichos, el sistema inmunológico. Propugnaba la vida sana, la hidratación permanente, el equilibrio en la alimentación, el abandono de las adicciones. Una de las restricciones que le impuso a Marley fue la de abandonar la marihuana.

A lo largo de los años, Issels sufrió varias denuncias por fraude y homicidio involuntario. Las investigaciones científicas imparciales sobre sus métodos determinaron que su tratamiento no demostró ser eficaz en la lucha contra la enfermedad.

Ziggy, uno de los hijos de Bob Marley, a quien antes de morir le dijo: “Canta la canción. El dinero no compra la vida” (EFE)

 

Marley estuvo casi cinco meses en esa clínica alpina. Por un lado, la vida sana, los buenos hábitos, lograron que se recompusiera un poco; por el otro tenía una paz y tranquilidad que no hubiera encontrado en otro lugar. Pero a las pocas semanas la suspensión de las sesiones de quimioterapia, avalada por Issels y por el médico personal de Marley, un jamaiquino llamado Pee Wee Fraser, y el frío intenso del invierno alpino (que alguien criado en zonas tropicales sufre más) hicieron que decayera el estado físico y anímico del paciente.

Los rumores sobre su salud se habían instalado tras la suspensión súbita de su gira norteamericana. El jamaiquino no quiso que la noticia trascendiera a los medios. Revisaba diariamente los diarios de todo el mundo para ver si hablaban de él y su estado. No quería que lo vieran sin pelo y consumido. No quería que su agonía se convirtiera en un espectáculo.

El 6 de febrero cumplió 36 años. Le organizaron una pequeña fiesta en una habitación del mismo piso en el que él estaba. Fueron familiares de pacientes, algunos médicos, sus amigos jamaiquinos, Rita, su médico personal y algunas personas más. Tocó algo en una guitarra y se retiró a su habitación a descansar. Antes le trajeron una torta para que soplara las velitas. Si algo faltaba para darle un tono más lúgubre y triste al evento fue el error en la inscripción en la torta. “Feliz cumpleaños al Rey del Reagge”. El reggae, por lo visto, era un género sin demasiada difusión, todavía, en Alemania.

En abril de 1981, Edward Seaga, el reciente primer ministro jamaiquino, lo llamó por teléfono -según consigna Roger Steffens en Tanto que Contar: la historia oral de Bob Marley– y le informó que le iban a otorgar la Orden del Mérito, el mayor honor que otorga el estado jamaiquino. La paradójico es que Seaga fue considerado el instigador y autor intelectual que Marley había sufrido cinco años antes, cuando fue baleado en su sala de ensayos de Kingston de la que salió con vida de casualidad.

Una semana antes de su muerte, Marley fue trasladado a una clínica de Miami. El tratamiento de Issels no dio resultados (nadie sabe con certeza en qué casos sí lo hizo). La familia apostó por una última oportunidad, mantuvo la esperanza pese a todo; mientras que Issels no quiso el descrédito de que el célebre paciente muriera en su clínica.

En Miami estuvo rodeado por sus hijos, su esposa y sus amigos. Sus últimas palabras dirigidas a sus hijos Stephen y Ziggy fueron: “Canta la canción. El dinero no compra la vida”.

 

Allí murió el 11 de mayo de 1981. Tenía solo 36 años.

El funeral fue multitudinario. El evento más masivo de la historia de Jamaica. Un millón de personas acompañaron sus restos. La mitad de la población salió a la calle para despedir a Bob Marley. En el cementerio el que tomó la palabra una vez más fue Seaga, el jefe de estado.

En los años siguientes la figura de Marley solo creció. Se convirtió en un mito. Su relevancia cultural se multiplicó. Sus discos se siguieron vendiendo. El compilado Legend batió récords de permanencia en los charts. Después de muerto siguió siendo un gran negocio. Tal vez, uno mejor que cuando estaba vivo.

Las luchas por su sucesión fueron feroces. Al no haber testamento, Rita quedó al mando. Fue, inicialmente, nombrada albaceas. Pero los problemas no tardaron en aparecer. Sin saberse bien cuántos eran los hijos de Bob, la división de bienes siempre resultaba polémica. Algunos sostienen que tuvo 19 hijos; la justicia jamaiquina determinó que eran 11 pero muchos afirman que cuatro de ellos, en realidad, no llevaban su sangre. A esto se debe sumar que Rita fue excluida de la administración de la sucesión por maniobras fraudulentas, gastos injustificables y ocultamiento de bienes.

Más allá de estos problemas sucesorios de los que se cuentan con pocas certezas, de lo que no quedan dudas es de que sus canciones mantienen vigencia, nunca perdieron actualidad por más que ya hayan transcurrido cuarenta años desde su muerte.